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Aunque haya mucho dolor de por medio, jamás hables mal a tu hijo de su padre

Nunca, pero nunca debemos olvidar nuestro principal rol como padres: proteger.

Par un niño, sus padres son un núcleo indivisible. Esta unidad es la que será su soporte a lo largo de toda su vida y le permitirá crecer con la estabilidad que necesita para desarrollarse.

Si existe un momento en el que las palabras cobran importancia, es en el caso de una separación. ¿Qué debemos decirles a nuestros hijos? ¿Qué debemos callar? Las rupturas y los divorcios provocan en los adultos reacciones de todo tipo: rabia, enojo, tristeza, desesperación… y a menudo es difícil analizar lo que se dice o lo que se hace, frente a estos estímulos tan contradictorios.

Es obvio que los sentimientos y las emociones son difíciles de dominar en estos momentos y es natural que surja la agresividad. Por otra parte, es necesario que aparezca, para que luego llegue la calma. Las manifestaciones de frustración deben aparecer, pero no a cualquier precio.

No sirve de nada decirles a nuestros hijos que “papá y mamá se llevan bien, pero se van a separar”. ¿Cómo es esto? Los niños no pueden asimilar un mensaje tan contradictorio. En sus cabezas surge un interrogante lógico: Si se llevan bien, ¿por qué se separan?

Esto genera confusión y alimenta la angustia en los niños. Es imposible terminar una relación simulando que está todo bien. El niño lo percibe y esa es la primera mentira.

Sabemos que es difícil, pero debemos encontrar un equilibrio entre la verdad y los detalles innecesarios. Explicar al niño que existen diferencias entre los adultos que no pueden superar y que es mejor para ambos no seguir viviendo juntos. Los niños no necesitan conocer los verdaderos motivos. No los hagamos participar en cosas de adultos. Es por su propio bien. ¡No nos transformemos en padres tóxicos!

Denigrar a un padre, daña a los hijos.

Los comentarios de tipo “tu padre me fue infiel” o “tu madre es una cualquiera”, deben evitarse por completo. ¡Absolutamente! Este tipo de comentarios son una catástrofe para la construcción de la identidad en los niños, porque cada vez que una madre descalifica al padre o viceversa, está atacando a algo que el niño considera parte de él. El niño se ve y sabe que es parte de cada uno de sus padres y esto sería como atacarlo a él personalmente.

Los hijos se modelan preferentemente hacia el padre de su mismo sexo. Escuchar insultos y críticas, comienza por repercutir en su desempeño escolar y a evidenciar conductas de negación a crecer, porque no quieren volverse “infieles” como los padres, o en el caso de las niñas, “una cualquiera”, como las madres.





El razonamiento de los niños es muy lineal. El análisis que hacen consiste en la identificación personal. “Si mi padre es un estúpido, significa que yo también lo soy”. Con el tiempo, esto puede traducirse en comportamientos autodestructivos ya sea para ajustarse al relato que ha hecho uno de los padres o para evitar volverse adultos y escapar de convertirse en eso “tan malo” que describen mamá o papá.

Difícilmente encontremos padres que deseen dañar a sus hijos de manera deliberada, pero cuando los sentimientos como la rabia y el rencor los dominan, no toman conciencia de los efectos tóxicos que tienen en los niños sus palabras.

Nuestros hijos no son nuestros terapeutas ni nuestros psicólogos. Los adultos a veces no pueden contenerse y expresan su rabia frente a ellos, buscando “aliados” en sus batallas, que sólo son de adultos.

Los niños, por su parte, siempre tratarán de ayudar o de consolar a sus padres. Es natural. Y entonces viven un infierno, sintiéndose prisioneros y generándose en ellos conflictos de lealtad. ¿A quién hay que apoyar? ¿A mamá o a papá? ¡No pongamos nunca a nuestros hijos en la situación de tener que elegir entre dos personas a las que aman!

Elijamos palabras que den seguridad y que los ubiquen en sus roles de hijos: “Tienes derecho a divertirte aunque mamá y papá estén tristes” o “Me haría muy feliz verte contento/a”. Son expresiones que sirven para liberar de culpas y tranquilizar.

Podrán surgir situaciones feas, injustas, mentirosas y humillantes. Lo sabemos. Los adultos pueden ser muy crueles cuando se lo proponen, pero es un momento en el que al menos uno de ellos debe pensar en lo más importante, que son los hijos. Descargar nuestras frustraciones sobre ellos, sólo agregará más gente a la lista de resentidos.

Los padres tenemos derecho a enojarnos, pero antes que ese derecho, está la obligación de cuidar a nuestros hijos. Discutamos nuestras diferencias en privado, sin hacer participar a otros y démosles a nuestros hijos la posibilidad de vivir una niñez sin conflictos.

“Mamá y papá no pueden ponerse de acuerdo, pero siempre te vamos a amar y siempre que nos necesites estaremos ahí”. Es lo mejor que puede escuchar un niño de parte de sus padres.

¿Qué opinas sobre esta situación entre padres enfrentados? No dejes de comentar y compartir esta problemática tan importante.





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