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Tener un amigo al que le puedas contar todo y no te juzgue. ¿Tu lo tienes?

Cada uno de nosotros tiene una historia de vida que se forjó un poco por nuestra educación, otro poco por nuestras propias decisiones y otro tanto por lo que nos ha deparado el destino.

Todos estos ingredientes dieron como resultado a la persona que somos; única e irrepetible, con nuestras propias reglas, comportamientos bien definidos y personalidad concreta.

En consecuencia, resulta simple cuestionar a los otros y al mismo tiempo, ser cuestionado por ellos, porque todos somos diferentes y con distintas visiones de la vida.

Pero cuando alguien juzga a otro, este comportamiento dice más de quien juzga que de quien es juzgado.

Podríamos decir que ciertas personas no juzgan situaciones puntuales y aisladas, sino que asumen el rol de jueces y evalúan el comportamiento de los demás, hasta en los hechos más pequeños e insignificantes, sin que nadie les haya pedido opinión.

Cualquiera sea la edad, condición social, religión o nivel cultural de las personas, todos ansiamos que en la sociedad haya justicia, pero en lo que aparentemente fallamos es en creer que cada uno de nosotros está habilitado para juzgar la vida de otros.

¿Por qué existe tal cantidad de falsos jueces? ¿Por qué algunas personas creen que sus juicios de valor son válidos? ¿Cómo llegaron a creer eso?

Sería interesante conocer las características comunes que tienen estos “jueces” improvisados, que no tienen ningún título ni se sientan detrás de un estrado; pero que se permiten ejecutar sentencias duras e incluso tóxicas a todo su entorno.

En principio porque jugar es fácil. Es muy difícil escapar a la tentación de opinar sobre lo que hacen o dicen los demás. La variedad de personas que podemos encontrar haciendo esto es tan grande como los daños que pueden provocar hablando sin saber o peor aún, sabiendo.

Es por eso que el juicio de la familia o de los amigos, en definitiva; de las personas que más queremos, es mucho más doloroso que de otro que no conoce nada sobre nuestras vidas.

Una relación sana se basa en el respeto y la tolerancia, aun cuando se trate de una relación estrecha y cordial.

Compartimos nuestra vida con las personas a las que amamos y las aceptamos tal cual son. No debería ser el objetivo de nadie cambiar a quienes queremos. ¡Y tampoco nosotros tendríamos que hacerlo!

Si alguien algún día te dijera que eres alguien especial, no se equivoca. Lo eres, no sólo por tu forma particular de ver el mundo, sino porque cada uno de nosotros es único e irrepetible.

Todos somos proclives a cometer errores y es muy doloroso para alguien confiar en un amigo o en alguien a quien quiere y en lugar de recibir consuelo, consejos y aliento; recibe críticas, reproches y condenas.

Juzgar a alguien equivale a no entender porque esta persona es como es. No sabemos lo que le tocó vivir, ni los hechos de su vida que forjaron la personalidad que tiene, ni cuánto podemos hacerla sufrir cuando la criticamos sin razón.

Juzgar, es sinónimo de frustración.

Cada vez que vemos a alguien hablando cosas que no son, criticando e incluso inventando, pensamos que son personas que no tienen nada mejor que hacer y que por eso se dedican a hablar de los demás. Es cierto, no estamos muy lejos de la realidad.

Por lo general, estas personas odian gran parte de su vida y es por eso que intentan intoxicar la de otros, todo lo que puedan. No soportan que otros sean felices, porque eso hace evidente su propia infelicidad.

Esta frustración conduce a la agresividad y se manifiesta de diversas maneras, por ejemplo, juzgando a otros y cuando lo hacen, no hablan de un modo general en donde incluirían los éxitos y los fracasos de alguien, si no que se basan en generalidades y en subjetividades.

Pero lo más irónico de estas personas, es que nunca se critican a sí mismas y no les gusta sentirse juzgadas. Si esto sucede, se irritan con facilidad.

Según estas personas, los logros y los éxitos de otros se deben a causas externas, inestables y específicas. Nunca nadie alcanza objetivos por mérito propio sino por circunstancias pasajeras o por la ayuda de terceros. ¡Pero cuidado! Cuando ellos alcanzan el éxito, el éxito está justificado; sin embargo, cuando sucede con otros, sólo se debió a la suerte.

Por lo general, las críticas que realizan estas personas reflejan su deseo de experimentar lo que la vida les ha negado y que no han logrado obtener. No buscan ser mejores, consideran que la mejor manera de avanzar es reducir los valores de las personas que los rodean. ¡Siempre intentan humillar!





¿Qué es juzgar?

- Es la manifestación de nuestros propios deseos insatisfechos.

- Es hablar sin conocer la historia completa.

- Es encasillar a otros y negarnos a tener una mente abierta.

- Es apuntar con el dedo a los que son diferentes.

- Es no permitirse pensar que podemos estar equivocados.

- Es una interpretación superficial de un hecho puntual.

- Es un reflejo de autoprotección.

- Es asumir que al hacerlo, otros también lo harán con nosotros.

- Es negarse a pensar que la vida puede ser diferente.

Lo último que nos queda por analizar una vez que hemos descubierto a los “jueces” de las vidas ajenas, es cómo enfrentarlos y cómo escapar de su poder de dañar.

Lo mejor es ignorarlos y nunca darles la oportunidad de herir nuestra reputación personal o profesional frente a nuestros amigos, compañeros de trabajo o familia.

Frente a este tipo de personas la mejor arma es la ignorancia. Sin embargo, siempre debemos estar preparados para no permitir que superen los límites de nuestra intimidad.

¿Cómo enfrentas las críticas infundadas de los “jueces” de la moral ajena? ¡Cuenta tu experiencia y comparte!





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