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¿Qué pasa que las mujeres no podemos evitar hablar?

¡Comprobado! Las mujeres hablamos (mucho) más que los hombres. Si bien esto se ha demostrado científicamente, tampoco era necesario, porque nosotras mismas sabemos que hablamos más que los hombres, e incluso hablamos por demás. ¿O no?

Ellos nos exasperan, porque a veces queremos una explicación más detallada o después de contarles algo queremos que nos den una opinión y sólo obtenemos alguno que otro monosílabo y casi a punta de pistola. ¿O no?

En el libro “Por qué los hombres nunca escuchan nada y sólo saben hacer una cosa a la vez”, los autores explican que esta diferencia se remonta a la prehistoria. En aquella época, los hombres cazaban y debían ser silenciosos y sigilosos para no alertar a sus presas o no atraer a los depredadores. Pero luego, al momento de comunicarse, lo hacían de la misma manera. Es decir, hablaban en voz baja y poco.

En cambio, las mujeres permanecían todo el tiempo en las grutas o en las cuevas ocupándose de la crianza de los niños o dedicándose a actividades que hacían en grupos, para de esta manera, establecer lazos sociales. Expresaban sentimientos y trataban por medio de la palabra de reforzar los vínculos dentro de la comunidad. Si tomamos en cuenta que la primera Era Prehistórica duró unos 10 millones de años, es lógico entender que en nuestros cerebros este comportamiento aún persista. Y es así como mucho tiempo después, podemos saber que en promedio los hombres dicen unas 7000 palabras al día, mientras que las mujeres superamos las 20.000. ¡Enorme diferencia!





¡Mi problema es que hablo demasiado!

Pero la situación empieza a dejar de ser graciosa, cuando pasamos de hablar mucho a hablar demasiado. ¿Por qué no podemos callarnos algunas cosas?

“Después de que mi amiga Sandra me hablara durante horas de su nuevo novio, organizamos un encuentro para conocernos, cuenta Marta.

Fuimos a cenar una noche los cuatro y ya en los primeros cinco minutos, tanto mi esposo como yo coincidimos en que nos parecía una persona un tanto egocéntrica.

Todo el tiempo hablaba de él, interrumpía a mi amiga cada vez que quería decir algo, si alguno de nosotros hablaba sobre un determinado tema, él siempre sabía sobre eso y sabía mucho más. Claramente se sentía superior y no lo disimulaba.

Realmente fue una noche para el olvido, pero peor aún fue el momento en que mi amiga Sandra me hizo la pregunta que yo estaba queriendo evitar: ¿qué te pareció?

Bueno… ¿Qué le podía decir? Al principio intenté ser suave, pero con el correr de los minutos y sin poder evitarlo, terminé diciendo lo que realmente pensaba. Que era egocéntrico, egoísta, un poco maleducado, bastante misógino, extremadamente machista y que por algún motivo que desconocíamos, se creía superior a todos los demás. También le dije que no me parecía que esa relación fuera a llegar a buen puerto, que una persona tan egoísta era incapaz de querer a alguien y que lo mejor que podía hacer era tomar distancia y terminar con ese asunto.

Conclusión: mi amiga no lo tomó muy bien y todavía sigo disculpándome por haberme excedido.”

¿Qué pasa que no podemos evitar hablar? Porque en este caso no se trató solamente de haber hablado mucho, sino de haber dicho algo que hiere a las personas y nos coloca en una posición nada cómoda.

¿No hubiera sido mejor dejar que la amiga de Marta haga su propia experiencia? El hablar mucho, puede ponernos en un aprieto porque de hablar mucho a hablar demasiado, hay una distancia muy corta.

No estamos hablando de que debemos fingir o mentir, sino de tomar en cuenta los sentimientos de los demás y pensar que tal vez lo que vamos a decir puede ser una verdad enorme, pero también debemos tener claro que no todo el mundo está dispuesto a escuchar verdades.

Vamos a ver cuántas de nosotras nos sinceramos y somos capaces de reconocer que las 20.000 palabras no nos son suficientes. ¿Ya tuviste problemas por no poder quedarte callada? ¡Cuenta tu experiencia!





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