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Niños indígenas replantando los cerros con árboles. Estas son las cosas que merecen ser contadas.

No creo que haya en el mundo una frase más conocida que esta: “escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo”. Desde niños hemos oído este mensaje que fue, es y será fuente de inspiración para todos. Una especie de guía divina con metas claras establecidas en donde un hombre debe perpetuarse a sí mismo haciendo estas tres cosas antes de morir.

Pero hoy pensaba que no necesariamente tenemos que ponernos esto como límite, sino que puede ser un comienzo de algo nuevo y diferente y entonces la frase podría aplicarse a que la vida comienza cuando escribimos un libro, plantamos un árbol y tenemos un hijo.

Muchos niños alrededor del planeta entendieron esto de otra manera y hasta podría decir que mejor que nosotros; porque han comprendido la importancia de cuidar el medio ambiente y de salvar al planeta que es el único hogar que tenemos.

Para ello, muchos tomaron esta iniciativa maravillosa: plantar un árbol.

Sabemos que la ambición desmedida, las ansias de poder y el desprecio por la naturaleza son moneda corriente en muchos países gobernados por líderes que no tienen ningún respeto por la vida. De esta manera, han contribuido con su desidia y su desinterés a poner en riesgo el futuro de las generaciones que van a sucedernos sin pensar en el riesgo que implica terminar con las especies que habitan nuestro planeta.

La vida, ante todo.

¿Cómo podría uno bajar los brazos frente a cualquier adversidad cuando existen niños que se dedican a reforestar sus bosques en medio del hambre y la guerra? En un país como Kenia, que viene sufriendo desde décadas crisis políticas, económicas y humanitarias, los niños keniatas forman parte de un proyecto impulsado por la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional que apunta a solucionar varios problemas: fortalecer las relaciones entre las diferentes comunidades étnicas para fomentar la armoniosa convivencia y construir conciencia ambiental entre los niños mediante la reforestación del suelo.

Los niños plantan árboles con la esperanza de recuperar sus bosques y recuperar la paz.

Ellos mejor que nadie entendieron la necesidad de devolverle a la naturaleza algo de todo lo que nos ha dado de manera generosa y que no siempre hemos sabido retribuirle.

Nuestros niños representan una esperanza de un mundo mejor en donde realmente comprendamos que deteriorar el medio ambiente es condenarnos al exterminio.





Plantemos para el planeta.

En noviembre del año 2006 el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, organizó una campaña llamada “plantemos para el planeta”, con el objetivo de crear conciencia sobre el cambio climático y sensibilizar al mundo entero sobre el medio ambiente. En un primer momento, el objetivo era plantar 1000 millones de árboles en todo el mundo, pero sólo en un año y medio se duplicó ese número y hoy alcanza la increíble suma de 14.000 millones de árboles.

Si bien esta campaña está dirigida por un consejo administrativo, la fundación “plantemos para el planeta” se compone esencialmente de niños de ocho países diferentes y otras asociaciones también creadas y dirigidas por jóvenes adolescentes, cuyo objetivo es plantar árboles en sus propios países. Hoy, más de 100.000 niños se dedican a esta actividad en todo el mundo. ¡Es maravilloso!

No es la primera vez que los niños nos dan un ejemplo de vida y tampoco es la primera vez que decimos que debemos aprender mucho de ellos. Se han comprometido con su futuro, pero también con nuestro presente.

El eslogan de la fundación es “dejemos de hablar, empecemos a plantar”, y define exactamente lo concreto de esta actividad y la férrea voluntad de los jóvenes que están determinados a devolverle el color verde al planeta.

Un hombre, un bosque.

Pero si te parece que esta cantidad de árboles es inmensa, tienes que conocer la proeza maravillosa que ha logrado Jadav Payeng, un campesino de la India, que plantó su propio bosque.

¡550 hectáreas viven gracias a este hombre! Esta también es una historia digna de contar, porque Jadav Payeng planta árboles desde hace más de 30 años sobre bancos de arena. Algunos lo llaman “su pequeña arca de Noé”, porque el bosque que creó gracias a su constancia y dedicación, hoy se transformó en refugio para varios animales entre los que se cuentan el tigre de Bengala y los rinocerontes, animales que están amenazados por la extinción.

¿Qué lo motivó a realizar este acto desinteresado? Jadav Payeng, cuenta: “un día encontré cientos de serpientes retorciéndose y muriendo bajo el sol porque no había árboles que las protegieran. Lloré amargamente. Alerté al ministerio y les pedí si podían plantar árboles, pero me dijeron que nada podía crecer aquí y que sólo podía intentar plantar bambús.”

Y fue así como empezó con un bambú por año. Al cabo de tres décadas y de trabajo en soledad, el banco de arena se convirtió en un pequeño bosque de bambús. Pero Jadav Payeng no se detuvo allí y su determinación lo llevó a plantar toda clase de árboles e incluso llevó hormigas rojas de su aldea, que son las que cambian las propiedades del suelo para hacerlo productivo. Un ejemplo de voluntad y constancia.

¡Gracias a Dios por todos ellos!

¿Qué opinas del trabajo denodado e invaluable que realizan estas personas, en especial los niños? ¡Comenta y comparte!





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