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Cuando pides un uber y llega el divorcio en persona.

¡Es tardísimo y llueve! ¿Qué hago? Ir caminando, no… imposible. ¿Transporte público? Tampoco. Igual llegaría tarde. ¡Ya sé! ¡Uber!

Llamo y mientras espero, pienso en todas las excusas que voy a dar por mi demora. Mi día empezaba mal, hasta que llega mi Uber y… ¡Oh sorpresa, era el divorcio en persona!

Después de escuchar por segunda vez “¿Sube?”, salí del trance en el que había entrado y subo. Parecía que mi día mejoraba de manera notoria.

Le indico mi destino y me pregunta si me molesta la música. ¿Qué podía decir? Claro que no me molestaba. En absoluto.

La charla empezó como siempre que tomamos un taxi: que si hace frío, que si va a llover, que el tránsito está fatal… y cosas así.

Después siguió con cosas más concretas: que si iba a trabajar, que si estaba estudiando, que si me gustaba salir y más cosas así.

Y cuando empezaba a ponerse más personal, dijo: “Yo vivo solo”. Y ahí terminó mi viaje.

Después de un cruce de miradas por el espejo, pago, le agradezco y me bajo; pero diez pasos después, caigo en la cuenta de que me había olvidado el paraguas.

¿Llamo para que vuelva o lo dejo pasar?

¿Ustedes qué hubieran hecho?



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